
Agustín cerró los ojos y pensó en ese mismo día a la tardecita. Se imaginó corriendo a sus brazos, se imaginó diciéndole cómo se sentía, se imaginó con lágrimas en los ojos.
Ya próximo a la facultad, un bocinazo lo trajo de nuevo a la realidad Se preparó, ordenó sus cosas y cuando el auto se detuvo, Agustín se dispuso a bajar y a caminar hacia la Facultad de Exactas.
Las horas transcurrieron de clase en clase como era habitual. Un par de periodistas se le acercaron: querían saber cuándo le podían hacer una nota, si le podían preguntar sobre las carreras y su vida personal. Y Agustín, una vez más, les contestó con cortesía que debían consultarlo con su tía ya que ella era la encargada de sus actividades. Todas las revistas y los periódicos de la zona ya habían llamado a su casa para pedir entrevistas. Agustín las odiaba pero su tía siempre lo hacía entrar en razones y él terminaba por aceptar…una vez más.
Transcurría la clase de álgebra cuando el profesor hizo una pregunta de esas que nadie sabe responder. Automáticamente todas las miradas se posaron en Agustín. Lejos de decepcionar a sus compañeros que lo sabían genio, Agustín respondió y respondió con una precisión digna de envidia para cualquier matemático.
Ya eran las seis de la tarde y sus clases habían terminado. Exhausto se dirigió al auto que lo esperaba en la puerta de la facultad. Las instrucciones eran claras. Agustín se dirigía al aeropuerto.
Bajó del auto, el ruido ensordecedor de los aviones que partían y llegaban a destino le lastimaba los oídos. La gente corría para hacer el check-in arrastrando sus maletas y sus sueños. Agustín era muy joven para entender ese mundo de locos. De repente y ya en el hall donde estaban los viajeros recién llegados, la vio acercarse con lágrimas en los ojos y sus brazos extendidos. Agustín no pudo evitar que le temblaran las piernas. Poco importaba en ese momento su coeficiente intelectual de 145. Con trece años recién cumplidos, sólo quería abrazar a su mamá.