jueves, 31 de enero de 2013

Spa Natural



La musicalidad del agua se me impregna en la piel, la brisa cálida me roza el cuerpo, el sol me alcanza, me atrapa, me puede e intento capturar todas estas sensaciones para que me acompañen cuando más las necesito. Me niego a abrir los ojos, así estoy bien. El murmullo de los niños que chapotean en el agua se confunde con las aves que conversan entre ellas. Abro los ojos y veo al chico del bar que sale corriendo,¿dónde va?. Trepa con destreza el cerro, es lugareño. Se mezcla con los árboles añosos y con los arbustos más jóvenes. En pocos minutos regresa tironeando de una cuerda en cuyo extremo se encuentra un magnífico ejemplar de corcel. Los dos son uno, bajando del cerro entre la vegetación salvaje. Lo acerca al arroyo, el caballo bebe de las aguas cristalinas ávidamente. Una vez más los dos se confunden en la naturaleza. Ya no los veo. Ahora un grupo de gansos protestan, hay demasiada gente en su hogar cerca del arroyo. Se zambullen, uno detrás del otro como soldaditos de juguetes guiados a control remoto. Nadan juntos, ya no se quejan y se alejan, se alejan.


martes, 25 de octubre de 2011

Agustín


Como todos los días el despertador con la imagen de Pokemon sonó a las seis de la mañana y Agustín se desperezó tratando de dilucidar si era lunes o viernes. Su cabecita le decía que era lunes pero su cuerpo agotado gritaba “Viernes, por favor”. La ducha, la ropa que su tía le había preparado cuidadosamente el día anterior, el desayuno con leche, tostadas, fruta y cereales. Todo en orden, todos los días. Pero ése era un día especial.
Sonó la bocina del remís que lo llevaba todas las mañanas a la ciudad universitaria. Se tragó el vaso de chocolatada, apuró dos cucharadas de ensalada de frutas, tomó sus libros y corrió al auto. El remisero quería conversar con él, después de todo él era distinto a los demás. Agustín no quería hablar. Sólo pensaba en el final de ese día largo que sabía extenuante. El remisero insistía: …que qué se siente ir a la universidad, que si le gustaría jugar más con sus amigos, que cómo hacía para estudiar tres carreras a la vez…Las preguntas que todos le hacían todos los días de su vida.
Agustín cerró los ojos y pensó en ese mismo día a la tardecita. Se imaginó corriendo a sus brazos, se imaginó diciéndole cómo se sentía, se imaginó con lágrimas en los ojos.
Ya próximo a la facultad, un bocinazo lo trajo de nuevo a la realidad Se preparó, ordenó sus cosas y cuando el auto se detuvo, Agustín se dispuso a bajar y a caminar hacia la Facultad de Exactas.
Las horas transcurrieron de clase en clase como era habitual. Un par de periodistas se le acercaron: querían saber cuándo le podían hacer una nota, si le podían preguntar sobre las carreras y su vida personal. Y Agustín, una vez más, les contestó con cortesía que debían consultarlo con su tía ya que ella era la encargada de sus actividades. Todas las revistas y los periódicos de la zona ya habían llamado a su casa para pedir entrevistas. Agustín las odiaba pero su tía siempre lo hacía entrar en razones y él terminaba por aceptar…una vez más.
Transcurría la clase de álgebra cuando el profesor hizo una pregunta de esas que nadie sabe responder. Automáticamente todas las miradas se posaron en Agustín. Lejos de decepcionar a sus compañeros que lo sabían genio, Agustín respondió y respondió con una precisión digna de envidia para cualquier matemático.
Ya eran las seis de la tarde y sus clases habían terminado. Exhausto se dirigió al auto que lo esperaba en la puerta de la facultad. Las instrucciones eran claras. Agustín se dirigía al aeropuerto.
Bajó del auto, el ruido ensordecedor de los aviones que partían y llegaban a destino le lastimaba los oídos. La gente corría para hacer el check-in arrastrando sus maletas y sus sueños. Agustín era muy joven para entender ese mundo de locos. De repente y ya en el hall donde estaban los viajeros recién llegados, la vio acercarse con lágrimas en los ojos y sus brazos extendidos. Agustín no pudo evitar que le temblaran las piernas. Poco importaba en ese momento su coeficiente intelectual de 145. Con trece años recién cumplidos, sólo quería abrazar a su mamá.

¿Hacen falta palabras?

sábado, 28 de mayo de 2011

La casa de los trigales


Cada mañana cuando se levantaba a Luis le pesaban los ojos, los brazos, la vida. Era joven pero el infortunio lo había castigado y no creía en nada ni en nadie. Tenía un trabajo. No tenía amigos ni familia.

Para llegar a la chacra donde trabajaba todos los días Luis pasaba por un campo sembrado de trigo. Era una extensión de tierra que parecía sin fin. A lo lejos se veía una casa de gran tamaño escoltada por inmensos árboles añejos. Podía divisar también una construcción pequeña que sería de los peones, pensaba.

Esa mañana, como todas las mañanas, emprendió su camino al trabajo. Había una brisa suave que hacía danzar los trigales dorados. Respiró profundamente para llenar sus pulmones con ese oxígeno cargado de naturaleza tratando así de limpiar el aire viciado que tenía dentro. Cuando pasó por la casa de los trigales se detuvo un instante. Algo lo hizo detenerse, una sensación, un impulso. Cambió su rumbo y comenzó a recorrer el sendero que lo llevaría a las puertas de una nueva vida.

Se dejó llevar aunque sabía que ya era la hora de ingresar a la chacra donde desempeñaba tareas de peón de campo. Tareas que odiaba y creía que nunca, nunca iba a ser capaz de dejar. Se había empleado hacía ya cinco años cuando la vida le arrebató a sus padres de un tirón. Desde ese día sus despertares habían sido grises, vacíos y sin esperanza. Creía que no iba a volver a sonreír. Disfrutaba la vida de campo pero su aspiración había sido siempre la de convertirse en ingeniero o en veterinario. Después del accidente que les costara la vida a sus padres, estudiar no fue una opción. Se empleó en esa chacra para sobrevivir, tenía cuentas que pagar: las propias y las que había heredado de sus padres.

Esa mañana, diferente a otras, siguió caminando por la callecita angosta que lo llevaba al portón principal de la propiedad. Algunos pájaros multicolores revoloteaban sobre su cabeza como dándole la bienvenida. A pocos metros de la entrada observó que los grandes ventanales estaban abiertos y las cortinas de hilo blanco se dejaban ver por la fuerza de la brisa que ingresaba a la casa sin permiso. Era un lugar alegre, lleno de flores y había varias mascotas que correteaban en el jardín del frente. Luis se preguntó qué estaba haciendo en ese lugar, qué estaba buscando. Parecía el hogar de una familia con niños felices.

Inmóvil en el portón de acceso imaginó el encuentro con esa familia y pensó que tenía que inventar una excusa antes de golpear sus manos para que lo atendieran. De algo estaba seguro y era que iba a conocer a los habitantes de esa casa. Fantaseó con encontrar una mujer para amar, una compañera para formar una familia como a la que había pertenecido alguna vez. Varias ideas recorrieron su mente y se quedó con la de estar buscando un trabajo y un lugar para vivir.

Minutos más tarde golpeó sus manos. Los perros ladraron pero no hubo respuesta del interior de la casa. Luis se aventuró a abrir el portón y caminó hasta encontrar una pérgola. Allí, sentada en una hamaca de madera de roble había una mujer joven, hermosa. La contempló unos segundos y quiso saber su nombre, qué estaba haciendo allí y cuáles eran sus sueños. Se acercó un poco más pero ella no notó su presencia, parecía absorta contemplando una rosa que sostenía en su mano derecha.

Con cuidado para no asustarla la saludó. La joven no se sobresaltó y le dijo que se sentara a su lado, que lo estaba esperando.

martes, 1 de marzo de 2011

Papás primerizos de escuela


El flamear de la bandera, el nudo en la garganta cuanto cantamos el himno, las mochilas relucientes, la alegría de ver a los amigos del año pasado, el llanto de los más chiquitos.
Empieza un año más de clases y el remolino de sentimientos se agolpa en el corazón de los papás primerizos, primerizos de escuela.
Año a año vivo este día con la emoción de renovar las esperanzas y las ganas de ver un grupo nuevo de nenes y nenas que van a recorrer un nuevo camino, un camino que los va a enriquecer. Aprender a leer y a escribir será la excusa para comenzar a convertirse en futuros hombres y mujeres.
“Quiero que piensen en tres deseos y que mamá los ayude a anotarlos en esta tarjetita” dijo la seño de primero, luego de haber confesado que no había dormido la noche anterior porque sabía que iba a conocerlos. Porque sabía que iba a tener a un grupo de niños que dependerían de ella todo un año. Ella sería la encargada de contener sus llantos, de recibir sus alegrías, de escuchar, de adivinar, de querer, de guiar.
Una de las nenas, la más linda, eligió sus tres deseos y me los confesó: “Quiero aprender a leer, quiero tener muchos amigos, quiero aprender a contar”. Y sus deseos y los de sus compañeritos, que iban a ser seguramente sus amigos de la vida, fueron cayendo uno a uno en un sombrero de colores brillantes que la seño colocó amorosamente en un lugar privilegiado del aula. “Ahora tenemos que trabajar juntos para que todos sus deseos se hagan realidad” dijo.
Los papás primerizos de escuela entendieron que ya se debían retirar, que sus hijos estaban listos para recorrer el camino que los llevaría a descubrir un mundo nuevo, con un nudo en la garganta, con los sentimientos encontrados, con la incertidumbre de lo que vendrá…

lunes, 3 de enero de 2011

La casita de mentira de Mauro

Pies descalzos, miradas tristes, pelos sucios y desprolijos. Un andar cansado, un tararear incomprensible, un grito que se pierde entre las casuchas improvisadas con cartón, chapa y bolsas de residuos color gris plomo. Los roedores que corren rodeando las casitas de mentira como queriendo ganarle la carrera a los niños del lugar. Se confunden las voces de los de fuera con los de adentro del asentamiento. Todos luchan por su ideal, con razón o no, con órdenes o no. El denominador común es la pobreza, la falta de cobijo, el abandono de la persona, la falta de trabajo y la falta de dignidad. Igual pelean, con razón o no igual pelean.

Con los pies descalzos, la mirada triste y el pelo sucio, Mauro sale de la casita de mentira que fabricaron sus padres junto a otros papás y mamás, los de Pedro, los de Agustín y también los de Carmela y Anita, sus primas. Siente un dolor en el estómago y sabe que es porque no come nada desde ayer a la tarde cuando una señora que se acercó al asentamiento desde afuera le dio un paquete de galletitas. Eran ricas. Eran las de chocolate con cremita blanca que tanto le gustan pero ahora no tiene nada para comer. Busca con la mirada a su alrededor, no ve a su mamá, ni a sus hermanitos. Cinco hermanos tiene y todos más chicos que él.
Recorre las demás casitas de mentira que los grandes hicieron con cartón, algunas chapas y bolsas de basura color gris oscuro. Y ve a un grupo de chicos como él que corren, entonces él también corre. No sabe muy bien por qué. Se da cuenta que los otros nenes persiguen algo. Parece un gato gris pero cuando se acerca más ve que no es un gato y no le gusta lo que ve. Debe ser una lauchita, grande, piensa Mauro. Se detiene y decide volver para buscar a sus papás.
Unos metros más allá, ve que su papá está gritándole a los policías que rodean el lugar. Pero su padre no está solo, hay otros papás de otros nenes como él que también gritan furiosos y mueven los brazos con los puños cerrados como cuando se quieren pelear. Mauro no entiende qué dicen, tal vez estén pidiendo algo para comer: pan o leche o la galletitas de chocolate con crema blanca. No está bien que los papás le griten a los policías, piensa Mauro, porque su mamá le dijo que esos policías están allí para cuidarlos. Entonces se acerca y le toca el pantalón a su papá.
- Papá, ¿por qué gritas así? Tengo hambre ¿le pedís galletitas al señor policía? ¿Cuándo volvemos donde vivíamos antes? –pregunta Mauro.
Pero no recibe ninguna respuesta, el papá está muy enojado con los policías y no deja de gritar y mover los brazos. Mauro se aleja y decide volver a la casita de mentira. Se recuesta sobre una pila de papeles de diario. Lentamente se le cierran los ojos aunque no es la hora de dormir, Mauro se duerme y sueña con las galletitas de chocolate con cremita blanca cobijado bajo el techo de bolsas de plástico de color gris oscuro de la casita de mentira que construyeron sus papás.

martes, 28 de diciembre de 2010

Por qué escribimos los que escribimos

“Yo escribo para mí” escuché decir a algunas personas que como yo eligieron transitar el camino de las palabras. Pero todos aquellos que estamos en esta senda sabemos que todo escritor necesita de sus lectores. Amigos, compañeros de trabajo, hijos, primos, esposos, novios. Estemos o no preparados para la crítica sincera, nuestros escritos se completan con la mirada del otro.
Escribo para mí, escribo porque me gusta, escribo porque me permite hacer catarsis de la vida. Puede haber muchos motivos. Siempre escribí pero nunca lo había hecho de una manera medianamente sistemática. Hace unos años decidí que tenía cosas para contar y como cada accionar que emprendí en la vida me propuse aprender a hacerlo.
Método, paciencia, tiempo, pasión son algunas de las palabras que pueblan mi mente a la hora de comenzar un texto. Siento que las ideas se van volcando en las teclas con facilidad una vez que comienzo. No necesito pensar en la gramática o en la ortografía porque fluyen naturalmente. Sí debo leer y re-leer mis textos para mejorar las ideas y crear efectos que, tal vez, no surjan desde el comienzo como quisiera.
Hay temas que están impregnados en mi piel, se trata de todo aquello relacionado con mi quehacer docente. Me entusiasma escribir historias que viví con mis alumnos o que me contaron otros compañeros docentes. Me siento como un pez en el agua, el escolar es mi ambiente.
“Tus cuentos tienen finales tristes” me dice uno de mis hijos. Puede ser, pero, a veces los finales tristes nos hacen pensar más. Siempre tengo la idea de llegar a la gente y de contar una historia que pueda reflejar los sentimientos, los valores y el día a día. Los finales suelen llevarme mucho tiempo de reflexión.
La lectura es una de mis pasiones y estoy segura que los autores que admiro se filtran en mi subconsciente y surgen a la hora de escribir. Es inevitable. Creo que todo escritor necesita leer sin parar autores de diferentes nacionalidades y de distintas épocas. Cada uno de ellos nos aporta algo de sus propias vivencias, de su cultura, de su técnica, del propio camino por el apasionante mundo de la literatura.