domingo, 20 de diciembre de 2009

Navidades


Hojas verdes brillantes de muérdago que adornaban el patio de los abuelos. La mesa en el centro, el mantel blanco, limpio, listo para albergar la vajilla que se lucía sólo en Navidad.
El llamado a poblar la mesa y todos nosotros ansiosos por su llegada. Y daban las doce. Corríamos para verlo. Una vez más se nos escapaba dejando a su paso la esperanza de alcanzarlo, tal vez el año siguiente.
Los regalos, la alegría, las pequeñas desilusiones, las lágrimas de los mayores.
Año tras año la escena se repetía: la familia, la mesa de Nochebuena, los paquetes de papeles de colores, las luces que invitaban a soñar.
Un día, cambiamos de patio. Los abuelos ya no están. Algunas ilusiones se habían desvanecido. Pero nacieron otras con más fuerza, con mucho amor, con una vida que ya cuenta veinte años y otra que apenas comienza.
Ahora somos nosotros quienes les creamos la ilusión de Papá Noel a los más chicos. Y son ellos los que corren para verlo. Y no lo encuentran y saludan al cielo con la esperanza de que el año que viene volverá…

sábado, 21 de noviembre de 2009

Sabor amargo

La primera vez que lo vi estaba desaliñado y usaba un vaquero desgastado y sucio. Sus ojos tristes azul cielo pedían atención, ayuda, contención. A pesar de sus cortos trece años tenía un prontuario digno de cualquier delincuente de oficio. En su entrada número sesenta a la comisaría ostentaba haber robado una motocicleta a mano armada.
Hace escasos tres meses que trabajo como psicóloga para un centro de rehabilitación del conurbano y el caso de un adolescente perturbado y drogadicto había caído en mis manos. Antes de hablar con él me aseguré de conocer al detalle toda la información que me proporcionaba mi colega y especialista en casos como ese. A las tres en punto estaba sentada en mi oficina esperando a Fabio, mi paciente recién llegado al establecimiento. Se abrió la puerta de la oficina y lo vi. Estaba abatido, posiblemente sin haber dormido en toda la noche y encima, pensé, con el amargo sabor de la abstinencia. Escoltado por dos empleados del centro se aproximó a mi escritorio. Les pedí que nos dejaran solos a sabiendas de la peligrosidad de mi paciente.
Intenté que me mirara a los ojos sin éxito y entonces opté por comenzar a hablar de música para tratar de captar la atención del niño. Cuando mencioné un grupo de rock pesado, me miró. Al parecer le llamó la atención que conociera a esos músicos, yo que soy una vieja de treinta y pico. Y rompió el silencio:
- Me voy a escapar, no te gastes- me dijo como si opinara sobre el tiempo.
No reaccioné y seguí hablando como si nada. Entonces se puso a mirar al suelo y pateó la silla del escritorio despacito. Le hice un par de preguntas pero no me hablaba. Llamé a mi asistente y le indiqué que se llevara al paciente. Lo vi ponerse de pie, su cabeza colgando como si le pesara y movía todo su cuerpo como protestando por estar allí.
Me quedé sola, leí y re-leí el informe de Fabio. Estaba acusado de haber rociado con nafta a otro chico de trece años y de haberle prendido fuego. Me pregunté si toda la psicología alcanzaría para revertir un caso como éste.
Intenté llegar a él en varias sesiones más. Nunca me habló y lo vi sentirse cada vez peor, se le notaba en la cara. Necesitaba aspirar nafta, me dijo, ¡nafta!
Una tarde que lo esperaba no llegó. Recibí en cambio un llamado telefónico que me decía que Fabio se había escapado.
Entonces empezó una persecución policial. El llamado de un vecino alertó a la policía sobre su posible paradero. Los efectivos montaron un operativo en una casa en Luján. Cuando ingresaron Fabio no estaba solo, lo acompañaba un amigo y estaban aspirando droga, la droga de pobres. Al verse cercados se entregaron. Fabio y su amigo retoman su camino de vuelta al centro de rehabilitación.

Y son las tres de la tarde y el nene de trece años de ojos azul cielo entra en mi oficina una vez más. Lo miro, me mira y me dice:
- Viste que me escapé y me voy a volver a ir, vas a ver.
Intento empezar el diálogo y que me cuente y lo único que me dice es que necesita aspirar nafta, pronto, nafta, me dice.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Intento fallido


El sol se oculta en el horizonte. El océano está calmo y las olas se acercan a la orilla como pidiendo permiso. Un grupo de gaviotas revolotean inquietas sobre unas migajas de pan que están sobre la arena húmeda. La brisa es muy fría y eriza la piel de los tres niños que caminan rumbo al muelle. Sus narices están enrojecidas, van tomados de las manos. Visten pantalones abrigados, camperas y gorras que cubren sus orejas. También llevan sus elementos de pesca: unas enormes cañas de pescar y una especie de canasta que desborda de cosas.
Cuando llegan al sector del muelle, comienzan a subir lentamente los escalones que los llevarán al lugar donde están los pescadores. Con dificultad logran subir las cañas y los demás elementos. El mar se alborota y las olas golpean los pilares de concreto. En ese momento un hombre muy alto con una enorme campera negra y un sombrero de pescador les impide el paso. Con un gesto de su mano huesuda les indica que no pueden ir al muelle. Las caras de desilusión de los niños no logran convencer al hombre. Uno de los niños se enoja e intentando cubrir a los más pequeños con su cuerpo, le hace frente al hombre. Éste se sorprende e intenta tomar los hombros del niño con sus manos. Pero, el niño le da una certera patada en los tobillos. El hombre no es lo suficientemente hábil ni rápido y el niño logra escapar seguido de los otros dos. Corriendo y arrastrando las cosas a su paso bajan las escaleras. El hombre, enfurecido, los persigue. Les grita muy fuerte. Lejos de asustarse los chicos se mueren de risa. Esto enoja aún más al pescador que corre tras ellos. En el furor de la huída, uno de los chicos pierde una zapatilla. Intenta volver a buscarla pero los otros dos lo toman del brazo y le señalan la proximidad de su enemigo. Los acecha.
Corren unos minutos más. Luego se detienen para mirar al hombre que está agachado, como si le faltara el aire. Ellos, jóvenes y vivaces, siguen corriendo hacia su seguridad. Ya camino a casa rompen el silencio.
- Papá nos dijo que no nos iban a dejar entrar solos al muelle.
- Sí, pero vos ya sos grande.
- Y sí, ayer cumplí siete pero ese señor no lo sabe.
El cielo está azul oscuro y una vez más el mar se aquieta. Una última gaviota vuela a guarecerse y los niños dejan la playa. Juntos los tres caminan más tranquilos. Sus caritas felices dan cuenta de su aventura.

viernes, 28 de agosto de 2009

Colegas

Agotada después de un día arduo de trabajo, Delia decidió comer algo liviano e irse a descansar. La pollera negra y la blusa de seda que había usado para la reunión estaban sobre una silla cerca de su cama. La ventana había quedado entreabierta y una brisa movía levemente la cortina rústica. Delia ponía especial atención en los detalles. En su casa y en su trabajo.
Recostada en su cama pensaba en esa tarde, en la presentación publicitaria del nuevo producto. A su criterio, el evento había sido un éxito. Así lo manifestaron los clientes de la compañía y así también se lo habían hecho saber sus superiores. Sin embargo, uno de sus colegas, Mario, se había manifestado con comentarios poco felices. Ella supo sortear la situación. Lo escuchó pacientemente pero no discutió con él. Confrontarlo sólo hubiera empeorado las cosas. La campaña publicitaria le había sido asignada a pesar de que ella era relativamente nueva en la empresa por eso la hostilidad de su compañero era de esperar.
Sonó el teléfono, Delia se sobresaltó en la cama. Miró el reloj despertador pensando que ya había llegado la hora de levantarse e ir a la oficina. Descubrió con cierto alivio que eran las cuatro de la mañana. Las cuatro de la mañana. El alivio que sintió se transformó en alarma al pensar que si el teléfono sonaba a esas horas era porque algo grave sucedía. Respondió. Nadie le contestó. Cortó. Entonces intentó volver a dormirse. Sintió frío. Otra vez la campanilla del teléfono. Levantó el tubo y nada. Sonó por tercera vez y una voz desconocida le dijo que se cuidara, que estaba haciendo mal las cosas. Delia intentó averiguar quien era la persona del otro lado de la línea, nadie le contestó. Colgó el tubo y se levantó, nerviosa. Se puso un sweater y cerró la ventana que había quedado abierta.
Encendió las luces de su cuarto y se dispuso a ordenar su ropa. Dormir sería una misión imposible, estaba demasiado agitada por los llamados. Otra vez el teléfono. Y esta vez la voz le describió las cosas que ella había hecho, como cerrar la ventana y encender las luces de su habitación. La inquietud de Delia se transformó en terror. Descolgó el teléfono y tomó su celular dispuesta a llamar a la policía.
Mientras intentaba comunicarse trató de pensar quién podría estar detrás de todo eso. Estaba segura de que enemigos no tenía y se negaba a pensar que la situación pudiera tener algo que ver con su trabajo pero las imágenes de la reunión de la empresa volvieron a inundarle la mente. Pensó en Mario. ¿Sería capaz de tanto por celos? Ella sabía que tenía una personalidad difícil pero no creía que pudiera acosarla de ese modo.
El oficial de policía la tranquilizó y le hizo saber que mandaría un móvil a la zona. Minutos más tarde escuchó un auto, se asomó y vio al patrullero. Los llamados cesaron, Delia estaba más tranquila. Ya era demasiado tarde para volver a dormir, así que decidió ducharse y prepararse para ir a la oficina.
Cuando llegó a la empresa, se sentía agotada. El estrés de los llamados anónimos y haber dormido pocas horas la habían afectado mucho. Se dirigió a la oficina de su jefe para decirle que no estaba en condiciones de cerrar el trato con los clientes de la presentación. Eligió no contarle lo que había vivido. Su superior minimizó la situación y le dijo:
- Despreocupate, ya Mario te reemplaza.

domingo, 16 de agosto de 2009

Aprendizaje



A pesar de estar en pleno invierno, el sol es generoso. Acaricia mi cara y el sol y el trago que estoy bebiendo me embriagan levemente. Es temprano para almorzar todavía pero sin dudas la señora Amelia tendrá todo dispuesto en la cocina para el almuerzo del domingo.
Mi mente se transporta a aquellos días en que estabas aquí. Decidías si comeríamos vegetales y pollo o carne asada. Llenabas la casa de flores. Tu perfume me embriagaba aún más que el de los ramos que arreglabas con esmero por aquí y por allá. Para entonces la señora Amelia era un personaje nuevo entre nosotros. Te encargaste de explicarle con delicada paciencia los quehaceres tal como a vos te gustaba que se hicieran. Eras estricta con esas cosas.
Entrecierro los ojos y escucho el trinar de los pájaros. Se confunden, el sol es muy intenso y creen que es primavera. Incluso algunos pimpollos quieren asomarse. Me siento sólo. Los niños corren por el jardín. Igual, estoy sólo. La alegría que me dan nuestros hijos me resulta escasa. Escucharlos hablar sobre sus amigos, la escuela, sus travesuras debería serme suficiente para ser feliz. No lo es. Me siento mal por eso.
Tus recuerdos pueblan mi mente. Verte jugar con los niños era una fiesta. Siempre estabas dispuesta a posponer cualquiera de tus actividades por ellos, para estar con ellos. Me resulta difícil describir tu extrema dedicación y tu amor para con los niños y para conmigo también.
Se que seré capaz de entender algún día. También estoy seguro de que nunca tendré la madurez suficiente para entender que no me lo hayas dicho a los ojos. Tu falta de valor no fue digna de vos. Nunca podré perdonarte haber tenido que leer en esa carta, que recibí de manos de la señora Amelia, que no eras feliz, que nunca lo habías sido. Me temblaban las manos, mi vista estaba borrosa. No podía leer bien tus palabras. Tal vez no las quería leer. Pensé inmediatamente en nuestros días felices. Fueron una mentira.
Y ahora aquí sentado y bebiendo mi gin busco no enloquecer para seguir adelante, para criar a mis hijos, para intentar reencontrarme con el hombre que alguna vez fui antes de conocerte, para aprender a vivir, sin vos.

martes, 21 de julio de 2009

Demasiado tarde


Juan miraba sus manos inquieto. Sentía mucho frío. Sólo vestía un sweater de hilo y unos jeans. Una y otra vez la violencia de la discusión invadía su mente. Los reclamos a gritos de Oscar retumbaban en su cabeza. Las balas estaban sobre el escritorio. Esperaban. Nunca fue un hombre demasiado valiente. Tampoco un cobarde. No, un cobarde no.
Había llegado a su empresa temprano como siempre. Oscar llegó unos minutos más tarde. Hacía diez años que eran socios. Luego de los saludos formales, conversaron sobre los temas del día; después se dispusieron a trabajar. Mientras revisaba sus mails Juan sintió que su socio lo estaba mirando. Levantó la vista. Oscar estaba enfrascado en su tarea, no lo miraba.
El clima de la oficina se había enrarecido. Ellos se conocían mucho. Ambos podían leer en los silencios del otro cuando algo andaba mal. Una brisa suave del río entró por la ventana semi-abierta. Las hojas de las plantas que decoraban la oficina se mecieron lentamente. Juan se puso de pie. En silencio se acercó al escritorio de Oscar y comenzó a hablar. Le dijo que lo sentía, que lo sentía mucho. Su ambición desmedida lo había llevado a utilizar el dinero para inversiones de la empresa en apuestas. Lo había perdido todo. El apoyo financiero que mantenía su negocio vigente ya no existía.
Siguió una larga discusión. Oscar comenzó pidiendo explicaciones y terminó gritándole a Juan que era un traidor. Esa palabra impactó en el alma de Juan. Hubiera preferido una puñalada. Nada de lo que pudo decir pareció suficiente. Juan no esperaba el perdón de su socio. Sin embargo, lo conocía e intentó el diálogo. Fue en vano. Incapaz de entender cualquier tipo de explicación, Oscar decidió irse de allí.
Pasaron las horas. Juan seguía sentado en un rincón y caía la tarde. Su mente lo llevó a los comienzos, a los días en que el negocio era solo un hermoso sueño. Pensó en su familia y en las largas horas de trabajo que lo alejaron de sus otras pasiones. Sentía una inmensa desolación. No pudo levantar el teléfono para hablar con su mujer. Se negaba a compartir ese dolor que era muy suyo.
Se incorporó y tomó las balas. Una por una. Con mucha paciencia y sumo cuidado las colocó en el revólver. La oficina ya estaba en penumbras, se escuchó la sirena de un barco que dejaba el puerto con rumbo incierto. Miró el arma por última vez.

domingo, 12 de julio de 2009

Entre el amor y el odio

Temió lo peor. Entró en la habitación pequeña, revolvió el armario, vació los cajones y nada: entonces se confundieron sus temores. Salió de allí, enfurecido. Caminó con prisa hasta el dormitorio principal. La esperanza de encontrar esos papeles estaba viva en él. Mientras buscaba incansablemente se escuchó el ruido intenso de una puerta al cerrarse. Sin embargo él estaba demasiado concentrado en lo que estaba haciendo.
Accidentalmente vio su rostro en el espejo de la cómoda. No era él, era otra persona. Un hombre que había perdido la confianza en sí mismo y ahora temía perder también su identidad. Su cara desencajada le reflejó que debía tranquilizarse, que con calma obtendría mejores resultados en su búsqueda. Un mechón de pelo gris le caía sobre la frente y varias arrugas se dibujaban debajo de sus ojos cansados.
Un tiempo atrás había comenzado a sospechar de la actitud de Amelia, su esposa y socia en su empresa. Hacía muchos años que estaban juntos. Ella había llegado a su vida cuando él más lo necesitaba. Él valoraba esto pero nunca confió plenamente en ella. No sabía por qué. El amor que sentía por Amelia era muy fuerte, sin embargo el odio que comenzaba a gestarse dentro de él era aún mayor. Esos sentimientos confusos lo perturbaron.
Del espejo pasó al placard. El sector donde ella guardaba su ropa estaba vacío. Un escalofrío le recorrió la espalda. Ninguna de sus cosas estaba donde solían estar. Su mesa de luz estaba vacía. No había ni frascos con crema, ni pulseras, ni aros, ni libros. Solo quedaba el aroma de su perfume en el aire. Todo lo demás se lo había llevado. Amelia lo había abandonado y se había llevado también los documentos originales.
Con gran cuidado, él había recopilado información que constataba que ella estaba cometiendo fraude en su empresa. Amelia ocupaba un cargo que él mismo le había otorgado. Con mucho dolor reunió los elementos que la incriminaban y estaba dispuesto a confrontarla. Ahora estaba seguro que ella tenía esos papeles. Recordó el portazo de hacía un rato. Amelia no podía estar muy lejos. Sin pensar tomó su arma y salió a la calle. Caminó entre la gente como un transeúnte más. Pero no era igual a todos. Tenía un objetivo en mente. Caminó y caminó. Trató de verla en cada rostro de mujer. Finalmente la divisó entre la multitud, a pesar de que era hora pico. Su cabellera dorada era inconfundible, ese pelo largo y rubio lo había impactado esa primera vez. La alcanzó. La tomó del brazo y la dio vuelta. Amelia vio su rostro enfurecido e intentó escapar. Él la empujó y la apuntó con su revolver.
Le disparó en un hombro. Amelia quedó tendida en el suelo pero consciente. Ella lo miraba con los ojos cargados de lágrimas pero sin quejarse de la herida. Con desesperación, él le arrebató la cartera y comenzó a buscar los documentos. Se cruzaron sus miradas. Lo último que ella le dijo fue que ya no podía estar a su lado. Él comprobó que los documentos no estaban en la cartera de Amelia.