domingo, 12 de julio de 2009

Entre el amor y el odio

Temió lo peor. Entró en la habitación pequeña, revolvió el armario, vació los cajones y nada: entonces se confundieron sus temores. Salió de allí, enfurecido. Caminó con prisa hasta el dormitorio principal. La esperanza de encontrar esos papeles estaba viva en él. Mientras buscaba incansablemente se escuchó el ruido intenso de una puerta al cerrarse. Sin embargo él estaba demasiado concentrado en lo que estaba haciendo.
Accidentalmente vio su rostro en el espejo de la cómoda. No era él, era otra persona. Un hombre que había perdido la confianza en sí mismo y ahora temía perder también su identidad. Su cara desencajada le reflejó que debía tranquilizarse, que con calma obtendría mejores resultados en su búsqueda. Un mechón de pelo gris le caía sobre la frente y varias arrugas se dibujaban debajo de sus ojos cansados.
Un tiempo atrás había comenzado a sospechar de la actitud de Amelia, su esposa y socia en su empresa. Hacía muchos años que estaban juntos. Ella había llegado a su vida cuando él más lo necesitaba. Él valoraba esto pero nunca confió plenamente en ella. No sabía por qué. El amor que sentía por Amelia era muy fuerte, sin embargo el odio que comenzaba a gestarse dentro de él era aún mayor. Esos sentimientos confusos lo perturbaron.
Del espejo pasó al placard. El sector donde ella guardaba su ropa estaba vacío. Un escalofrío le recorrió la espalda. Ninguna de sus cosas estaba donde solían estar. Su mesa de luz estaba vacía. No había ni frascos con crema, ni pulseras, ni aros, ni libros. Solo quedaba el aroma de su perfume en el aire. Todo lo demás se lo había llevado. Amelia lo había abandonado y se había llevado también los documentos originales.
Con gran cuidado, él había recopilado información que constataba que ella estaba cometiendo fraude en su empresa. Amelia ocupaba un cargo que él mismo le había otorgado. Con mucho dolor reunió los elementos que la incriminaban y estaba dispuesto a confrontarla. Ahora estaba seguro que ella tenía esos papeles. Recordó el portazo de hacía un rato. Amelia no podía estar muy lejos. Sin pensar tomó su arma y salió a la calle. Caminó entre la gente como un transeúnte más. Pero no era igual a todos. Tenía un objetivo en mente. Caminó y caminó. Trató de verla en cada rostro de mujer. Finalmente la divisó entre la multitud, a pesar de que era hora pico. Su cabellera dorada era inconfundible, ese pelo largo y rubio lo había impactado esa primera vez. La alcanzó. La tomó del brazo y la dio vuelta. Amelia vio su rostro enfurecido e intentó escapar. Él la empujó y la apuntó con su revolver.
Le disparó en un hombro. Amelia quedó tendida en el suelo pero consciente. Ella lo miraba con los ojos cargados de lágrimas pero sin quejarse de la herida. Con desesperación, él le arrebató la cartera y comenzó a buscar los documentos. Se cruzaron sus miradas. Lo último que ella le dijo fue que ya no podía estar a su lado. Él comprobó que los documentos no estaban en la cartera de Amelia.

domingo, 21 de junio de 2009

Silencios Compartidos


Cuando abrí los ojos lo primero que deseé fue dormirme de nuevo para tener un sueño. Un mal sueño. Ese que ninguna mujer quiere tener. Pero lamentablemente me había despertado a la realidad y los primeros fríos del otoño aún no llegaban. Igual me sentía destemplada.
La noche anterior esperé y esperé, tanto como mis ojos me lo permitieron. Media noche, una, dos, tres de la mañana. Escuché las puertas de un auto. Supuse que era él pero me equivoqué. Luego me quedé dormida.
Llovía. Las gotas de lluvia caían en pequeñas cascadas en la ventana de la cocina. La abrí solo un poco para sentir el olor a tierra húmeda. Ese aroma se confundía con el de las flores que todavía había en mi jardín aunque ya no era primavera. Mientras preparaba el café comencé a recordar nuestros días felices. Cuando nos conocimos. Nuestros sueños juntos. Nuestros proyectos. Escuchar el bullicio de los niños, caminando hacia la escuela, me trajeron de vuelta a la realidad.
Sonó el teléfono. Caminé rápidamente a atender y mil imágenes se apoderaron de mi mente. Temía no poder hablar con él pero al levantar el tubo me di cuenta de que no era él. Entonces escuché la voz de un llamado dando cuenta de un sorteo de un vehículo. Toqué mi corazón: sentía taquicardias. Era demasiado. No podía seguir viviendo así.
Su perfume lo anunció. Abrió la puerta sigilosamente como si fuera la medianoche. Yo estaba sentada en la cocina, paralizada. Fue entonces cuando me volví a enamorar. Su esencia era tan fuerte que me hacía perder el hilo de mis pensamientos. Se dirigió directamente al cuarto. No me atreví a llamarlo. Lo esperé. Esperé que se aproximara. Que me saludara como si nada hubiese sucedido. Esperé sus palabras dulces y sus disculpas.
Minutos más tarde entró en el baño. Escuché el ruido de la ducha que se confundía con la lluvia del patio. Cuando terminó de vestirse se acercó a la cocina. Estábamos en la misma habitación pero me sentía tan lejos de él. Estaba impaciente por escuchar lo que tenía para decirme. Una supuesta explicación cargada de palabras vacías y de sentimientos inventados alcanzaba mi imaginación.
Se sirvió un café y lo endulzó. Nuestras miradas se encontraron. Cuando terminó su desayuno se puso su piloto y partió. No me dijo una sola palabra. A través de la ventana lo vi alejarse y supe que lo seguiría perdonando.

sábado, 6 de junio de 2009

Esos fríos ojos claros

Sus manos jóvenes y cuidadas no le permitían asirse de las paredes. La caída era cada vez más vertiginosa. Caía.
Se despertó con un grito. Su propio grito, como tantas otras veces. El sueño se le repetía desde el primer cuatrimestre de la universidad. Se duchó rápidamente y se dirigió a su trabajo.
Había dejado de ser la mujer segura, la mujer que transmitía tranquilidad a quienes la rodeaban. Cualquier palabra fuera de tono le molestaba y vivía la situación como un ataque hacia su persona. Sus colegas de la facultad la habían notado irascible. Resultaba difícil sostener una charla de compañeros con ella.
Cuando terminó una se sus clases, se le acercó un alumno. Era alto, delgado, muy joven.
- Sé por lo que estás pasando- Le dijo sin mediar explicación alguna.
Ella lo miró asombrada y no pudo decir una sola palabra. Inmediatamente pensó en su sueño recurrente y su estado de irritabilidad.
-Se cómo son tus sueños y cómo te hacen sentir.- agregó el estudiante.
Ella lo miró. Recorrió sus cejas, su nariz, sus pómulos. Notó que sus facciones eran fuertes y agresivas. No había reparado en él en lo que había transcurrido del cuatrimestre. Ni por sus aptitudes, ni por su fisonomía. Tenía ojos grandes, claros y fríos.
- No se de que me estás hablando, y en todo caso mi función es únicamente académica- le aclaró y sin otorgar espacio para continuar al diálogo se dirigió hacia la sala de profesores.
Estaba más irritada que nunca. ¿Quién era ese muchacho? Su estado de ansiedad no le permitía pensar claramente. Tampoco se atrevía a compartir lo sucedido con otro profesor o con algún amigo. Ahora, vivía una pesadilla de noche y se preparaba para vivir otra, de día.
Caía la noche y la angustia se apoderaba de ella. Decidió prepararse algo para cenar. Abrió la heladera. Vacía. Había dejado de lado su costumbre de organizar las compras. La inquietaban los cambios en sus rutinas. Todo tenía un motivo. Entonces optó por llamar a un delivery.
Después de cenar eligió una película. Era evidente que trataba de evitar el sueño. El cansancio pudo más. Cayó rendida en el sofá del living. Otra vez la caída y en la más profunda oscuridad. Lo único que iluminaba su caída eran un par de ojos. Claros. Fríos. Amenazantes. Escuchó una voz que le decía: “No me vuelvas a ignorar”.

jueves, 28 de mayo de 2009

Atrapada


Un túnel oscuro, vacío y sin final.
Un frío helado que recorre sus brazos.
El cuerpo entumecido,
como si tuviera cien años.
Sus pies inmóviles que no la dejan escapar.
La voz ausente,
no puede pedir ayuda.
Las paredes húmedas y agrietadas,
están muy cerca de su piel.
Sus ojos buscan desesperados una salida,
No la hay.
Hay tinieblas, desesperación y desengaño.
Hay dolor,
hay desamor.
Hay hastío, muchas palabras malgastadas.
Un atisbo de rencor que se niega a transformarse en odio.
Y otra vez la culpa se apodera de ella,
la paraliza.
No puede dejar el túnel.
Elige el frío,
la distancia
el amor imaginado.

domingo, 24 de mayo de 2009

Carta de renuncia

A quienes les corresponda:

Me dirijo a Uds. para informarles acerca de mi decisión de renunciar a todas aquellas personas regidas por el pesimismo.

Son adultos en su mayoría, pero son también niños y adolescentes que se educan en las familias donde flota este mal. Absorben el aire viciado que se genera en sus hogares. Lo acumulan lentamente, día a día. Y luego lo dejan ir como quien se libera de un mal que lo aqueja. Lo dejan ir en sus lugares de trabajo, en sus escuelas, entre sus compañeros de oficina y en el recreo. Transmiten inevitablemente el virus que les arde en la piel. Buscan formas variadas de expresar todo pensamiento que, saben, dejaran al prójimo devastado. Los seres que los rodean tendrán pocas posibilidades de retomar el placer de seguir adelante, de pensar en un futuro mejor. Estos hombres y mujeres disfrutan ver como se transforma la cara de los que los rodean, cuando ellos hablan. Se van perfeccionando en su quehacer.

Renuncio a ellos porque son egoístas, oscuros y se niegan a aceptar que puede haber una bocanada de aire fresco o un rayito de sol tenue en sus vidas. Renuncio a ellos porque no aceptan a las personas que miran el cielo cada mañana y agradecen estar vivos. Tampoco ven con buenos ojos a los que buscan desesperadamente una luz que los ayude a ver que algo bueno se aproxima.

Sin otro particular y deseando que esta situación se revierta, me despido atentamente.

Silvina Tauz.

lunes, 11 de mayo de 2009

La desmetamorfosis

Para el Gran Zaiper
Las dulces notas brotaban del violín de Grete. Los inquilinos disfrutaban del concierto.
Gregor absorbió lentamente la melodía que envolvía la casa. Comenzó a deslizarse. Salió de detrás del sofá que lo ocultaba. Le gustaba la música. Siempre le había gustado. Su aspecto cambiaba al compás del violín. Ya no tenía el cuerpo de un escarabajo. Ya no sentía dolor. Era Gregor, el hombre, otra vez. Ingresó tímidamente al lugar de donde provenía la música. Lo vieron. En ese instante decidió que ya no formaba parte de esa familia.

sábado, 2 de mayo de 2009

El paseador de la oscuridad

Cuando no quedan rastros del día y las almas se guarecen de la noche, el paseador de la oscuridad se aventura a las calles de la ciudad. No tiene un rumbo fijo, cruza la plaza distraído. Una pareja se confunde en caricias sin fin. Un ave en vuelo se apresura a llegar a su nido. Se siente una brisa fresca que hace revolotear a las hojas secas de otoño. Las intenta detener con su pie. No puede. Huyen rápidamente. Mira hacia arriba y ve los despojos del cielo.
Su condición lo obliga a buscar algo que lo llena de culpa. Sabe, sin embargo que vive inmerso en una comunidad pecaminosa. Un grupo de adolescentes caminan despreocupados por la vereda de enfrente. Se divierten.
Su andar es lento, confiado. Observa los edificios que lo rodean. Piensa en los hombres y mujeres que los habitan. Se detiene porque intuye que acaba de encontrar lo que necesita. Huele su alimento. Está cerca. La sangre de su víctima lo atrae. Da unos pocos pasos y ataca. Tiene que sobrevivir. Como todos.